UNA MUÑECA QUE ME CAMBIÓ LOS PLANES

06/23/2015 3:36 am

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Dentro de los 10 libros y 4 cursos a los que fui jamás me informé sobre las cesáreas. Era algo que tenía bloqueado de mi mente -yo iba por un parto 100% natural y pensar en que tal vez algo salía distinto a mis planes “no ayudaba a mi visualización”…

Viviendo en un país obsesionado con las inducciones y las cesáreas programadas busqué por cielo mar y tierra hasta que encontré a unos doctores igual de obsesionados con el parto natural que yo.

Y en cada cita que veíamos que Martina venia perfecta, reafirmábamos nuestros planes.

El plan era sencillo: continuar con un embarazo libre de riesgo y prepararme mental y físicamente para un parto en agua. En casa. Con todo el equipo médico, piscina, nuestros 2 obstetras, Doula y neonatólogo presentes.

Todo iba viento en popa. Sabíamos que tenía a una bebé grandota y, aunque eso tal vez haría el trabajo más largo, yo confiaba en que mi cuerpo jamás produciría algo que no pudiera sacar.

Comencé a ir a clases de Yoga para aprender a respirar, decidí tener a una Doula y no había noche que me fuera a dormir sin mis playlists de Hypnobirthing.

Jamás me había preparado tanto para algo – durante 36 semanas mi casa se convirtió en un bootcamp en donde cada día comenzaba con 30 squats, caminata larga y té de Raspberry Leaf.

En todo este proceso, en cada caminata nocturna y cada plática con otros papás que lo habían logrado, estuvo presente Andrés. Confiando en mi y dándome todo su apoyo, a pesar de que en un inicio algunas de mis ideas le parecían loquísimas.

Entonces, emprendimos ese camino que parecía más complicado que graduarse de ciencia robótica. Chistoso verlo así, cuando en realidad sólo era cosa de dejar a nuestro cuerpo hacer algo para lo que fue diseñado.

Lo primero era dejar que Martina eligiera su día, entendiendo que la fecha estimada de parto es sólo eso, una estimación. Y que Martina tenía todo un mes para elegir su dia.

Y así pasó semana tras semana en la que íbamos tachando a los perdedores de la quiniela, llegando hasta la 41.

El reto más difícil no fue físico sino mental – aprender a esperar y no sólo aprender a ser paciente, sino también a entregarme al hecho de que nada estaba bajo mi control. Y a que, aún teniendo a una bebé acomodada y libre de riesgo, las cosas podían dar un giro en cualquier minuto.

Y así sucedió.

Desperté el día del Padre a las 5am con lo que pensé era un regalo para Andrés: fuente rota. Con una pequeña imperfección: tenía tinte de meconio.

Rodrigo, mi doctor, me tranquilizó y me dijo que eso no era razón para angustias – que me saliera a caminar y esperáramos a que viniera la labor de parto. Con ese coctelito de prostaglandinas seguro ocurriría pronto.

A la media hora empecé a sentir contracciones -nunca antes había recibido un dolor con tanta emoción. Comenzamos a contarlas y a emocionarnos. Andrés fue al Super por aguas de coco mientras yo hacía el desayuno entre dolor y dolor… Después, pasamos bailando y escuchando los
vallenatos con los que nos comprometimos.

Era todo como un sueño.

Hasta que de un minuto a otro las contracciones pararon. Y no regresaron sino hasta 12 horas después.

Fui a caminar.
Tomé té de canela.
Jugos de piña y mucha comida picante.

Pero nada.

Pensamos que no era justo hacer pasar a la familia por nervios y la impotencia de estar lejos – así que nos quedamos callados. Fingiendo que todo estaba igual, aún cuando la ansiedad nos comía por dentro.

Esa noche tomé un baño, prendimos velas de lavanda y nos acostamos en punto de las 10 para estar descansados. Cruzando los dedos para que regresara la labor.

Y regresó.

Con las 8 contracciones más duras que había sentido. Unas que me obligaban a ponerme en posiciones especiales y me dejaban drogada del dolor.

Pero eran irregulares.

Y pasaban cada 20 minutos, 5 veces más del tiempo requerido para considerarlas como una verdadera labor.

Y se volvieron a ir.

A las 9am del lunes fuimos a ver a mis doctores. Le hicieron un 2do monitoreo a Martina en donde vieron que seguía perfecta. Y me hablaron de los escenarios.

No era posible usar oxitocina artificial ya que al haber meconio existía riesgo de estresar a Martina y que lo broncoaspirara. Si tan solo el líquido hubiera sido claro…

Si tan solo.

Decidimos entre los 4 darle hasta las 6 de la tarde, 35 horas después de haber roto fuente.

O iniciaba la labor otra nos íbamos a cesárea. Blanco o negro.

Confieso que salí de ahí bastante triste. Pensando en que mis 9 meses de preparación habían sido en vano y sintiéndome vencida por tener que considerar un plan de “cesárea programada” – o el Plan Z, como le pusimos. Ese que jamás estuvo en los planes.

Pero, tal y como hace exactamente 2 años en mi medio maratón, ahí estaba Andrés conmigo. Abrazándome y llenándome de esa paz que sólo él irradia.

Me dijo que íbamos a tener el mejor día y que al final la respuesta llegaría sola. Me llevó a la Iglesia en donde nos casamos. Me llevó por mi galleta de chocolate favorita. Y me llevó a caminar mientras tomábamos smoothies de frambuesa.

A las 2 de la tarde, habiendo sentido únicamente una contracción, le dije que estaba lista para conocer a Martina. Qué lloraba, si, por las hormonas. Pero que estaba tranquila y lista para honrar la promesa que le hice cuando decidimos tener el parto en casa: enfocarnos en el único objetivo de traer al mundo a una bebé sana y no perdernos en el proceso.

Si se aguantaron leyendo hasta acá, les doy las gracias. Tremenda Biblia que me estoy echando, pero no es para menos, con tanta felicidad que traigo.

Llegamos al hospital a las 4 y comenzaron a prepararme para la cesárea. Primero llegó Cinthia, mi Doula, quien nos puso a hacer una meditación que me tranquilizó mucho – visualizando ese jueves de octubre en el que nos enteramos que Martina venia en camino.

Después llegaron mis doctores, Graciela y Rodrigo. Me llenaron de besos y me explicaron todo lo que no había querido yo antes saber sobre las cesáreas. Y me tranquilizaron contándome lo que ellos harían distinto para darme una Cesárea Respetada.

Sin titubear, accedieron a mi propuesta de hacer algo que acababa de ver en la película de Microbirth, un “truco” para darle a Martina los lactobacilos que no tendría al saltarse el paso por el canal de parto.

Y por último, llegó nuestro neonatólogo Alberto Heart, quien también jugó un papel fundamental al apoyar y respetar mis deseos de apego temprano piel con piel mientras me cosían – algo fundamental para nuestro objetivo de lactancia.

Y así, entre música dentro del quirófano que nos puso Cinthia, apuestas de cuánto pesaría la gordita y un constante “ERES UNA CAMPEONA!” por parte de Andrés, nació Martina. Echando su primer grito cuando tenia solo la cabeza fuera e impresionándonos a todos con unos ojotes despiertos y pestañas de Minnie Mouse.

“¡Es idéntica a su papá!!!” dijeron todos.
“¡Faltaba menos!” – les contesté yo.

Esa niñita que el día del padre nos avisó que ya estaba lista para conocernos.

La muñeca de ese papá kanguro que se la llevó piel con piel en silla de ruedas al cunero y estuvo hablándole bonito hasta que me subieron a mi de recuperación.

Como dice mi amiga Luci: para hacer reír a Dios hay que contarle tus planes.

Pero, para maravillarnos de cómo hasta los procedimientos más fríos pueden estar llenos de amor, hay que rodearnos de gente que esté dispuesta a ayudarnos a morir en la raya.

Gracias Mopri, porque sé que Martina quiso nacer como nació para darte la bienvenida a este nuevo rol en donde serás el mejor.

Gracias Rodrigo y Graciela, porque lograron hacerme salir orgullosa y con la frente muy en alto de algo que creí imposible.

Gracias Cinthia, por estos 9 meses en donde tus palabras y reflexiones me hicieron enamorarme de mi feminidad y respetar tanto a mi cuerpo.

Gracias Alberto, confío tanto en tu juicio, que sé que podré relajarme un poquito con la lectura y usar ese tiempo para disfrutar a Martina… mientras tú nos llevas mes a mes por el camino correcto.

Y gracias, Martina, porque por fin llegó la única personita que me hace cambiar mis planes en un parpadeo y con una sonrisa en la cara.

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