PORQUE A VECES CUANDO PIERDES, GANAS.

08/31/2015 5:06 pm

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Algo que me ha sorprendido es ver que son muy pocas las mujeres que tienen cesáreas realmente programadas y en realidad somos muchas las que soñábamos con un parto vaginal. Pero que, ya sea por elección del médico o complicaciones del proceso (reales o falsas, como sea), es muy común llegar a la plancha sin nunca haber esperado estar ahí.

Sin embargo, a diferencia de muchas de las otras mujeres que tuvieron cesáreas, a las que veo con tanta tranquilidad y aceptación, para mi fue algo muy duro de procesar.

Y es algo que hoy, 2 meses después, apenas logro platicar sin que se me forme un nudo en la garganta.

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No es que me sienta menos madre por no haber pujado. Ni que crea que por eso mi vínculo con Martina se jodió. Mucho menos pienso que tomé el camino fácil y me ahorré dolor – en ese punto más bien todo lo contrario.

Es preguntarme una y mil veces por qué no avanzaron mis contracciones. Es el recordarme tendida y temblando en esa plancha fría. Es pensar en las luces que tenía encima. Es no haber sido dueña de mi cuerpo y vivir ese momento en mis 5 sentidos. Es, por más que tuve una cesárea MUY respetada, saberme espectadora y no protagonista de mi parto.

Es la culpa de que todo eso me duela cuando al mismo tiempo estoy tan feliz y agradecida por tener a una bebé sana.

Y fue hasta que acepté esa DUALIDAD, y me permití sentirla, que hice las paces con mi cesárea.

Esa dualidad que me ayudó a entender que además de un nacimiento, había una meta. Que además de un embarazo, había tenido un largo proceso de preparación. Que además de una bebé, había una mujer.

Esa dualidad tan característica y propia de la maternidad

En donde puedo estar agotada pero con energía para jugar con ella. Muerta de hambre pero tranquila si ya comió. Enamorada de mi trabajo pero queriendo ser yo quien cuide de mi bebé.

Una dualidad en donde sentir una cosa no anula la existencia de la otra. Y en donde ser mamá no impide que siga siendo un ser humano.

Hoy, después de 2 meses, además de aceptar mi cesárea también le agradezco más de lo que le reprocho. También sé que gané más de lo que perdí.

Y es que no sólo me enseñó que las cosas no siempre salen como yo quiero, sino que también me regaló las primeras semanas más maravillosas con Martina. Porque con lo difícil que era para mi el quedarme quieta, de no haber estado rajada por la mitad, no hubiera disfrutado tanto de mi primer mes como mamá.

Un mes en donde, en lugar de estar bien para caminar al día siguiente, estaba mal para quedarme abrazada con ella en un sillón. Un mes en donde, en lugar de tener fuerza para pararme y ponerla en su cuna, el dolor me “obligaba” a dormirla encima mío. Un mes en donde se me quitaron las ganas de salir de casa para lograr entrar en mi maternidad.

Hoy ya puedo decirles que le encontré el lado bueno a esta piedrita en el camino. Ya por lo menos veo la rayita en mi vientre como una marca de guerra.

Eso sí, les mentiría si les digo que ya quité el dedo del renglón. El parto vaginal y yo tenemos una cita pendiente que se llama PVDC.

Y, como dice Amaya, “si el parto en sí te empodera, para nosotras que lo perdimos, cuando lo recuperemos nos va a convertir en panteras”…. (Así me tome 6 hijos convertirme en una ;) )

 

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